No venimos del mundo académico. No tenemos un laboratorio con paredes de vidrio. Somos cordobeses que vieron un problema real y se metieron de lleno a resolverlo.
Cinco personas, un mismo objetivo: convertir una idea que viajó desde Asia en la primera de varias herramientas naturales hechas en Córdoba.
La idea de SymbiotiX nació con él, hace más de una década, en un viaje por Asia donde vio de cerca algo que acá todavía nadie miraba: el consumo de insectos como algo cotidiano, sin vueltas, sin prejuicios.
Hoy es quien lidera el proyecto de punta a punta — desde la estrategia hasta estar presente en el día a día de la producción. Es la misma convicción de aquel viaje la que lo sostiene hoy, doce años después, en Malagueño.
Es quien está detrás de cada detalle técnico del proceso: revisa bandeja por bandeja, controla la calidad de cada lote y documenta cada dato que después respalda lo que SymbiotiX comunica hacia afuera.
Su trabajo es silencioso pero fundamental — nada sale del contenedor sin que él lo haya revisado primero. Es la garantía de que lo que se promete, se cumple.
Aporta su mirada técnica desde Brasil, con consultorías que ayudan a pensar y planificar cada etapa del proceso productivo. Es la prueba de que esta idea ya dejó de ser algo puramente local.
Trabaja de forma remota, pero su aporte es constante: cada avance importante del proyecto pasa también por su visión técnica, construida desde su propia experiencia en biotecnología.
Es quien ordena los números de un proyecto que se hace a pulmón — cada gasto, cada ingreso, cada decisión financiera pasa por sus manos antes de tomarse.
Su trabajo no se ve en redes, pero es lo que permite que SymbiotiX pueda sostenerse y crecer con los pies en la tierra, paso a paso, sin perder el control de lo que se puede y lo que todavía no.
Es quien le pone cara y voz a SymbiotiX en redes — piensa cada publicación, cada video y cada pieza de contenido para que la historia del proyecto llegue a quien tiene que llegar.
Trabaja codo a codo con el resto del equipo para que lo que pasa adentro del contenedor —el esfuerzo real, día a día— también se pueda ver desde afuera.
"En Asia no era un experimento ni una curiosidad. Era parte de la vida diaria, algo tan normal como cualquier otro alimento. Esa naturalidad me marcó."
Todo empezó hace más de una década, lejos de Córdoba. Gustavo Servio, hoy director de SymbiotiX, viajó por distintos países de Asia y tuvo un contacto directo con mercados donde el consumo de insectos no era una rareza ni una moda pasajera: era una costumbre arraigada, con sentido práctico y nutricional desde hacía generaciones.
Esa naturalidad con la que un continente entero resolvía parte de su necesidad de proteína se quedó dando vueltas durante años. No era una idea que se pudiera aplicar de un día para el otro — pero tampoco era una idea que se pudiera olvidar.
Con el tiempo, Europa y Centroamérica empezaron a incorporar la proteína de insectos en sus sistemas productivos, aunque todavía de forma incipiente. Mientras tanto, en Argentina casi nadie hablaba del tema. Y ahí apareció la pregunta que terminó dando origen a SymbiotiX: si esto ya funciona en otras partes del mundo, ¿por qué no podría ser una herramienta clave acá, en un país con tanto campo, tantos residuos orgánicos sin aprovechar, y tanto potencial para reducir su huella de contaminación?
Doce años después de aquel primer viaje, esa pregunta dejó de ser una idea suelta y se convirtió en un proyecto concreto en Malagueño, Córdoba. No nació en un paper académico ni en una conferencia de negocios — nació de ver algo distinto en otra parte del mundo, y animarse a traerlo a casa.
La proteína de BSF (la larva de la mosca soldado negra) fue la primera herramienta que decidimos desarrollar — pero no es la única que tenemos en mente. Es el punto de partida de algo más grande: un conjunto de herramientas naturales, cada una pensada para resolver un problema puntual y ayudar, entre todas, a reducir la contaminación desde distintos frentes.
La naturaleza tiene más de una respuesta para los problemas que hoy generamos. La proteína de insectos es la primera pieza que pusimos en marcha, porque era la que mejor conocíamos y la que podíamos empezar a producir ya — pero la idea de fondo de SymbiotiX siempre fue más amplia que una sola especie o un solo producto.
A medida que el proyecto crece, vamos a seguir sumando nuevas herramientas naturales, cada una enfocada en un problema distinto dentro de la cadena de producción y el ambiente. El objetivo no cambia: usar lo que la naturaleza ya sabe hacer para reducir, de a poco, la huella de contaminación del sector.
No queremos ser un proyecto eterno. Queremos producción real, clientes reales, impacto concreto. Cada paso que damos es para llegar al primero.
La proteína BSF es la primera, no la última. Convertir residuos orgánicos en algo útil no es un claim de marketing — es la primera de varias herramientas naturales que vamos a seguir desarrollando.
Producimos en Córdoba, para el sector agropecuario cordobés. No es una estrategia — es quiénes somos y de dónde venimos.
Anotate y te avisamos cuando salga el primer lote. También compartimos el proceso, los aprendizajes, y todo lo que va pasando en el camino.